Por Fernando Martín Peña*

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 Hace rato que quiero escribir un libro sobre cine y paranoia así que anoche (la del 2-1-2018) vi de un tirón y sin esfuerzo los seis episodios de WORMWOOD, de Errol Morris.

Me pareció que combina varios méritos, el primero de los cuales es que, con independencia de las particularísimas circunstancias, Morris sabe que su tema principal es un hijo, Eric Olson, que ha dedicado su vida entera a descubrir cómo murió su padre, una noche de noviembre 1953.

Luego Morris arma una estructura laberíntica para que el espectador comparta las angustias de Eric a medida que, década tras década, va acercándose a la verdad. En ese laberinto se cruzan la CIA, el ejército, el desarrollo de armas bacteriológicas, la guerra fría y también una guerra caliente, la de Corea.

El hilo que atraviesa ese laberinto, con todas las trampas y disimulos del espionaje al máximo nivel estatal, es el testimonio de Eric y varios elementos heterogéneos: material fílmico de diversos archivos, fotografías, unos expresivos collages que Eric ha desarrollado en algún momento de su vida como técnica terapéutica y, fundamentalmente, películas familiares en 8mm. dónde se hacen presentes no sólo la imagen del padre perdido sino, sobre todo, el evidente amor de ese hombre por su hijo.

Ese material, magistralmente administrado por Morris, contiene en sus imágenes cálidas y luminosas todas las razones que explican la insistencia del porfiado Eric, que, como muchos hijos y nietos argentinos, necesitan llegar a la verdad agotando todas las vías institucionales para lograr alguna forma de clausura.

Morris también usa, como parte de ese entramado, escenas de films que encuentra relevantes (el HAMLET de Olivier, una biografía de Martín Lutero, EL EMBAJADOR DEL PÁNICO y varios films paranoides) y secuencias con actores dramatizadas a partir de ciertas frases significativas, informes parciales o recuerdos fragmentarios. Esa zona tiene logros más discutibles, por el uso sobredramático de la música, de ciertos rostros amenazantes, y de otras convenciones formales igualmente fatigadas.

Morris se esmera mucho en ajustarlas al tema, sin embargo, porque esas escenas recrean el tipo de ficción afiebrada que la CIA y el ejército han creado para encubrir los hechos y también porque en casi todas ellas hay patrones visuales ornamentales que sugieren un orden forzado para escamotear lo que importa. Algunas de esas escenas, además, son inolvidables, como la del hombre sumergido en el lago o la de una puerta cerrada detrás de la cual hay alguien que pide auxilio.

Por encima de cualquier debilidad, WORMWOOD está narrada con la habitual maestría de Morris para administrar la información. Cada episodio se construye a partir y alrededor de una o dos revelaciones fundamentales, que resignifican lo que se sabe hasta el momento. En ese sentido, el final es un desafío para cualquier narrador tenaz y un clásico del mejor cine paranoide.

* cinéfilo, crítico, docente, investigador, coleccionista, divulgador de cine

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