Algunos dijeron “murió la muerte”, otros hablaron de “el perfecto asesino”, también se refirieron a “la muerte del diablo” y para otros esa muerte resultó “indiferente”, ante tanto que queda por resolver, solucionar y reparar en el campo de los derechos humanos. El represor, Luciano Benjamín Menéndez, murió ayer y se llevó a la tumba información valiosa sobre secuestros, torturas, asesinatos y otras acciones a las que se dedicó en vida. Héctor Rodríguez, referente de la Comisión Memoria Verdad y Justicia Zona Norte, en su siempre intachable columna, esta vez titulada, La Hiena (impecable referencia al personaje de marras), habla de la banalidad del mal.

“La hiena”

Por Héctor Rodríguez* 

Héctor Rodríguez

“La Perla” podría ser un nombre adecuado para una panadería artesanal o para una marca de bijouterie. Y hasta para estamparlo en un bonito cartel de madera luciendo en el muelle de una casita en el Delta. En nuestro país, sin embargo, alude inequívocamente a nombrar el horror, la muerte oscura y tenebrosa. La provincia de Córdoba tuvo incontables jornadas históricas. Alguna vez lo fue por la expulsión de los jesuitas. Otra, por la Reforma Universitaria del 18. Más tarde por el Cordobazo, un parteaguas en el país. Luego, por ser el escenario de la antesala del terror a cargo del Comando Libertadores de América, una suerte de Triple A mediterránea, creada por el capitán del Ejército Héctor Vergez. Hasta que llegó el Golpe del 76 que devino en la noche más oscura del terrorismo de Estado en esa provincia, con un excluyente amo y señor de la vida –y de la muerte– de miles de compatriotas: Luciano Benjamín Menéndez, comandante del Tercer Cuerpo de Ejército.

Menendez 2 (foto agencia oficial de noticias Telam)
(foto agencia oficial de noticias Télam)

Uno de los tres campos de concentración más grandes que soportó el país (junto a la ESMA y Campo de Mayo), y el más importante del interior, fue el que se levantó a la vera de la autopista que une la ciudad de Córdoba con Carlos Paz (desde hace una década convertido en espacio de Memoria): La Perla. Resulta estremecedor conocer que ese nombre responde al apodo de la esposa del genocida Menéndez, María Angélica Abarca. Todos le decían “Perla”, “la Perla”. El ex hombre fuerte y general cordobés, hijo y nieto de militares, no tuvo mejor idea que nombrar así a la construcción militar donde ordenó y disfrutó de miles de torturas, violaciones y crímenes. La anécdota está revelada en el doloroso libro de la periodista Ana Mariani (La Perla, historia de un campo de concentración, editado en 2012).

Por “La Perla” pasaron no menos de dos mil quinientas víctimas. Ese campo también se ganó el apodo de “La Universidad”, porque los represores “aprendían” allí los métodos de tortura que luego aplicarían en distintos puntos del país. Lo que ocurrió resulta inenarrable. Los testimonios que durante más de tres años escuchamos a lo largo de las audiencias del megajuicio “La Perla-Campo de La Ribera” fueron de un horror espeluznante, extremadamente dolorosos, que incluyeron todo tipo de perversiones ejecutadas a manos de los torturadores liderados por “Cachorro” Menéndez, que les impuso un pacto de sangre y silencio.

Menendez (foto agencia oficial de noticias Telam) 47 casos de homicidio, 76 de tormentos, cuatro de ellos seguidos de muerte y cuatro sustracciones de menores,

Quien prácticamente “apagó la luz” de ese centro clandestino, como sobreviviente, fue Teresa Meschiati, “Tina”. La conocí hace unos años en la Casa de la Memoria y la Resistencia Jorge “Nono” Lizaso, en Florida. Tras un acto allí, nos quedamos conversando largo rato en un rincón. Me contó una parte de su vida y su experiencia más traumática. No salía de mi asombro. Aquella noche llegué a casa y debí rechazar la cena. Soportó la tortura, los golpes, las peores vejaciones y más de dos años de su vida encerrada allí adentro. Tina no se quebró. Por eso suele decir que en parte ganó. A pesar de la brutal derrota del proyecto -que la involucra-, sabe que sobrevivió para poder testimoniar y ser querellante, lo que viene haciendo incansablemente desde hace más de tres décadas.

Menendez  (foto agencia oficial de noticias Telam)
(Foto Télam)

Hoy me acordé especialmente de ella. Luego leí lo que expresó: “Su muerte me deja indiferente. Rescato lo que le dije a Néstor Kirchner el 24 de marzo de 2007, cuando vino a La Perla: no pudieron con nosotros. Eso sí, lo sentamos dos veces en el banquillo de los acusados. Y nuestro laburo es el de todos. Después, si va al infierno o no, no me interesa. Solo quisiera saber dónde están los nuestros. Necesito recuperar aunque sea un solo hueso. Para hacer el duelo tengo que saber a dónde puedo llevar una flor. Los cumpas se lo merecen y esa es nuestra lucha”.

Menendez (foto agencia oficial de noticias Telam) 47 casos de homicidio, 76 de tormentos, cuatro de ellos seguidos de muerte y cuatro sustracciones de menores,

El cuchillero y paranoico Menéndez, el que jamás se arrepintió de sus actos, el que cada noche regresaba a su casa para besar a “su” Perla y a sus siete hijos sin que nadie se animara a señalarlo como un monstruo de mil cabezas; el que luego rezaba una oración y se tiraba a descansar, murió hoy a los 90 años llevándose consigo los secretos, y con tantas condenas a perpetua encima como provincias tuvo a su cargo en la faena de exterminio.

Creo oportuno citar a Hannah Arendt, que un día escribió: “El mal carece de toda profundidad y de cualquier dimensión demoníaca. Puede crecer desmesuradamente y reducir todo el mundo a escombros precisamente porque se extiende como un hongo por la superficie. Eso es la “banalidad” del mal.”

* Comisión Memoria Verdad y Justicia Zona Norte

 

 

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