El director teatral sanfernandino, Esteban Bresolín –actor, docente de actores, autor, referente de la movida teatral regional-  desnuda sus sentimientos al descubrir que uno de los lugares por donde se desarrolló su vocación, el “Laburatorio”, en una antigua carpintería de apellido insigne para el teatro local, será borrado en nombre de las reglas del mercado, siempre más cercanas a los relativos intereses de las personas, que a las personas mismas.

Por Esteban Bresolín*

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En todos estos años en los que he transitado por el camino del arte, me formé y formé parte de diferentes grupos de artistas y de espacios culturales. Más allá de cualquier consideración posible, sin ningún lugar a duda, donde gocé de mayor libertad fue en el “Laburatorio”. Un ya mítico espacio ubicado al fondo de la antigua carpintería Betty de San Fernando, propiedad del hijo de Don Atilio Betti, uno de los primeros dramaturgos de por acá.

Aquella maderera fue de las pocas en la zona donde, sin chistar ni preguntar nada, recortaba el sable corvo que llevaba dibujado en un trozo de aglomerado para que nuestro San Martín Sie7eatrista tuviera su icónica espada, allá por los noventa. Honorable PyME familiar que pereció como las esperanzas de muchos de nosotros con la crisis de 2001.

Atilio Betti

Tiempo después, el hijo de aquel carpintero, un arquitecto con algunas inclinaciones artísticas y añoranzas de su abuelo escritor, reconvirtieron el espacio en un estacionamiento de autos y dejaron un apartado al fondo para que se emplee con fines culturales. A ese rincón fuimos a parar nosotros y nuestra enorme voracidad por la experimentación artística.

Estuvimos alquilando poco menos de dos años que alcanzaron para que nuestras capacidades se mezclaran y produjeran tanto arte como nuestros cuerpos pudieron expresar. Al cabo de ese corto tiempo, nuestras necesidades habían cambiado y el lugar se había colmado de tensiones; aquel arquitecto bonachón, harto ya de nuestros excesos y de las quejas recibidas por esa causa, comenzó a amenazarnos con topadoras y torres.

Todo esto armó un coctel que hizo que culmináramos por abandonar el espacio. Erradicado el hippismo, el sitio se convirtió en un atelier de arte muy prolijo para gusto y regocijo de los Betti, y por sobre todas las cosas, de los automovilistas que allí guardaban sus vehículos y veían peligrar sus intereses en cada evento que en el Laburatorio sucedía. Esta decisión, a pesar de producir cierto dolor en mí, relajó mi conciencia.

Atilio Betti

Más de diez años después sigo agradecido por haber formado parte (y haber salido ileso) de esa experiencia y me rompo por dentro al ver que el proyecto Topadoras y Torre ahora sí se impone en el lugar. A pesar de que hace tiempo que todo aquello quedó atrás, quien lo haya transitado comprenderá y podrá imaginar esta nostalgia que siento al ver parte de nuestro pasado derrumbarse para alzarse en departamentos con amplios balcones, aberturas de aluminio anodizadas, living y parrilla.

Siento que muere un amigo que hace años que no veo. Se derrumba una torre de Babel que será reconstruida por otra tribu. Me voy algo con esas paredes. Me voy frágil, despoblado. Queda solo algo efímero en la memoria, y lo sólido del arte que a eso no hay topadora que lo tire abajo.

* Director, autor, actor, docente e investigador teatral, vecino de la zona norte

 

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