Como siempre Héctor Rodriguez conmueve con una prosa elaborada con palabras comunes que transportan sin distracciones al lugar adonde invita y acompaña a los lectores. La publicamos en De Norte a Norte-Noticias las 24 horas pero también está, como tantas otras, en su cuenta de Facebook. Esta vez es un encuentro con el gran maestro de vida Osvaldo Bayer (que como es de conocimiento público falleció esta semana y ayer viernes tuvo un reconocimiento popular en la plaza Alberti, de Belgrano) que da lugar a la semblanza.

Por Héctor Rodriguez*

Héctor Rodríguez

Me enteré de la muerte de Osvaldo Bayer el mismo día que ocurrió. En verdad, una sobrina me preguntó por Whatsapp si la noticia era cierta. No lo sabía; mi estado de salud volvió a jugarme una zancadilla y permanecía en cama. Recién por la noche confirmé lo que ya se comentaba con dolor en todos los portales. Había partido el querido historiador y periodista. Dos días más tarde, ya más repuesto, hice una pasada por las redes leyendo a muchísima gente (algunos de ellos periodistas que respeto y admiro) que rendía su propio homenaje casero a Bayer, relatando anécdotas junto a él y destacando sus virtudes profesionales y personales.

Al mismo tiempo, no dejaba de llamarme la atención la cantidad de fotos compartidas, de cada cual, al lado de Osvaldo. También yo tuve la pulsión de subir un registro que obtuve al lado de este extraordinario periodista. Sin embargo, algo me detuvo. Tal vez fue que esa foto ya la había subido en esta red hace apenas dos años, a propósito de un almuerzo de trabajo con Bayer como protagonista, en el que tuve la fortuna de participar. Pude compartir con él la noticia de que en Lobos, a través del esfuerzo de un colectivo militante de derechos humanos, se había conseguido reemplazar con un decreto oficial el nombre de la calle Rauch por la del Pato Lacoste, un profesor de letras desaparecido durante la última dictadura. Esta vez no creí necesario reflotar la imagen. Sin embargo, me invadió una ola de ternura al interpretar que todas y todos compartían sus imágenes con orgullo, y al comprender que ese momento era para la posteridad. Bayer no es cualquier investigador. Bayer no es un periodista más. Fue y será por siempre mucho más que todo eso junto.

Bayer (Foto Facebook)
Osvaldo Bayer (Foto Facebook)

Hoy, leyendo un posteo de Cora Gamarnik sobre el tema (se refiere a la cantidad de gente que subió fotos con él, y la tentación que también a ella la invadió; por último, la defensa que hace de ese acto legítimo), confirmé la sensación que me rodeó toda la semana.

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A ese asado que menciono llegué gracias a la generosidad de una amiga y compañera, Soledad Iparraguirre, una periodista platense cercana a Osvaldo desde hacía mucho tiempo. Tuvieron una sólida amistad. Y ella, además, una admiración profunda por su obra y su personalidad. Era fácil advertir que había entre ellos una corriente de afecto y confianza mutua entrañables.

No solo en esa oportunidad me sentí afortunado. La propia Soledad me acercó un par de veces hasta El Tugurio (el apodo le pertenece al bueno de Soriano; cuánto se estarán abrazando ahora mismo, sentados sobre alguna nube). En ese refugio mágico del barrio de Nuñez tuve la dicha de compartir un par de tardes. Recuerdo particularmente una. Era un día invernal, muy frío, llegamos a media tarde.

Entramos. Ya conocía ese largo pasillo atestado de libros, cajas, recortes de diarios. Sentado en el patio trasero, rodeado de verde, Osvaldo, al ratito, nomás, sugirió tomar alcohol. Es sabido esa característica de Bayer. Soledad me guiñó el ojo. Me levanté de la silla como si hubiese tenido un resorte en el culo y dije pero claro, Osvaldo, se impone tomar un whisky ya mismo. Él, pícaro, asintió de inmediato. Era feriado. Sabía que no sería fácil, a las cinco de la tarde, conseguir una botella de whisky. Salí a la calle sabiendo que no iba a regresar sin el recado. La suerte estuvo de mi lado. A pocos metros, un chino me vendió una botella de Ballantine’s. Servimos tres vasos. El mío, con bastante hielo. Detesto profundamente el whisky, tanto como las políticas de este gobierno. Recuerdo ahora la escena y me río solo. Brindamos, bebimos, y escuchamos a Osvaldo, que a esa altura se perdía entre muchos datos. Daba igual. Yo estaba escuchando a la Historia misma, ahí, delante mío. Y esa sensación de honda gratitud recién la percibo más clara ahora, que ya no está.

No es mi intención hacer un panegírico sobre Bayer. Sí diré que cada uno sabrá cuánto aprendió de nuestra historia a través de sus libros y sus investigaciones. Cuánto descubrió lo que el academicismo conservador se ocupó de ocultar durante tantos años.

Acaba de partir no solo un militante libertario de la palabra, un luchador incansable de los derechos humanos, siempre al lado de las causas del pueblo. Acaba de irse no solo quien hizo un culto del mejor periodismo y quien debió soportar el exilio injusto. Acaba de dejarnos para siempre el último de los mohicanos. Un hombre de una sencillez y una ética conmovedoras. Y eso sí que no tiene reemplazo.

*Héctor Rodriguez militante de la Comisión Memoria Verdad y Justicia Zona Norte

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