El músico y cantautor, Pablo Chihade, vecino de Florida, deja por un momento los instrumentos musicales y relata una experiencia vivencial, de vecino, con una barrera ferroviaria del barrio. Suele hacerse hincapié en que la música no tiene palabras, sin embargo quienes practican la lectura, cuando aparece un párrafo que destila sentimiento y dedicación, no dudan en asimilarlo a una buena pieza musical. Adentrémonos, entonces, en el relato de Chihade.

Por Pablo chihade*

Pablo Chihade

La barrera de la estación Cetrángolo es muy cabeza dura. Mi viejo me cuenta que se traba desde que él tenía 15 años, hace banda (que no me lea). Es la estación más odiada de Florida, siempre fiel a sus principios: se traba. Yo empecé a quererla cuando supe que no tenía a nadie que la obligue a subir y a bajar, independiente desde sus orígenes, siempre quiso resolver ese tema sola, y decidió por sobre todas las cosas, una: trabarse.

La estación CetrángoloGalopeadora contra el viento, la barrera de la estación Cetrángolo reproduce todos los días, en variadas oportunidades, una cola de tres cuadras. Los vehículos particulares y los transportes públicos se amontonan eufóricos, irascibles, violentos e insoportablemente ruidosos, impidiendo que cualquier tipo de transeúnte pueda cruzar de una vereda a otra. He presenciado alaridos, puteadas y hasta golpizas. A la barrera de la estación Cetrángolo, cabeza dura, no le importa, sólo le importa una cosa: trabarse.

Se imaginarán que si mi viejo sabe de su irremediable decisión desde que tenía 15 años, yo lo sé desde que nací. Por octubre, si mal no recuerdo, del año pasado, decidieron repararla. La vi rodeada de hombres, de camiones, de tractores, sitiada, intervenida; era el final: la barrera de la estación Cetrángolo dejaría ese berrinche inmaculado que tanto la había caracterizado. La barrera de la estación Cetrángolo, no volvería a trabarse, nunca más.

Millones y millones de pesos de todos los ciudadanos cayeron justicieros sobre la barrera de la estación Cetrángolo. La obra duró meses y meses, los autos se desviaban, la gente no sabía dónde carajo esperar el bondi. Terrible e inmenso despelote. Pero la victoria estaba cerca, todo valdría la pena. Hace unos días volvieron a abrirla.

Recién pasé, casi como para saludarla, quise saber cómo estaba, cómo se sentía, qué pensaba hacer de su vida. La barrera de la estación Cetrángolo pareció reconocerme, entre un gigante barullo de bocinas y campanazos, pareció mirarme. Le sonreí tímidamente, pues lo supe inmediatamente... La barrera de la estación Cetrángolo había decidido volver a trabarse. Gracias, barrera, gracias por tanto.

*músico y cantautor, vecino de Florida

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