Las personas no elegimos muchas cosas en la vida, y menos a quienes son nuestros parientes. En esta crónica el columnista, Héctor Rodríguez, describe un encuentro entre militantes de derechos humanos -de la Comisión Memoría Verdad y Justicia y de B aldosas por la Memoria- y miembros del colectivo Historias Desobedientes, que como él adelanta, son hijos de genocidas de la última dictadura. La prosa de HR no necesita prólogos, seguramente ya lo hemos repetido en otras notas, solamente invitamos a iniciar la lectura. No hace falta más.

Por Héctor Rodríguez*

Héctor Rodríguez

¿Por qué no se quedan? Ahora vienen a visitarnos la gente del colectivo de Historias Desobedientes —dijo Adriana Taboada mirándonos a un par de compañeros y a mí.

Antes que redondeara la frase ya había respondido que sí, que me quedaba. Acabábamos de terminar nuestra reunión de Baldosas y ya comenzaba, como es habitual cada jueves, el siguiente encuentro de la Comisión por la Memoria de Zona Norte.

Cuatro horas más tarde, al filo de la medianoche, atravesábamos el largo pasillo de salida de la sede de Judiciales de San Isidro, tomados por las emociones que no alcanzaban a calmarse con facilidad.

Seis integrantes del colectivo de Historias Desobedientes (se presentan como “Hijas e Hijos de Genocidas, por la Memoria, la Verdad y la Justicia”) habían aceptado gustosos la invitación. Para conocernos, para intercambiar experiencias, para sentirse contenidos –por qué no– dentro de un organismo sólido y con trayectoria, en toda la Zona Norte; para escucharlos, especialmente, y tal vez para empezar a bosquejar algún proyecto conjunto.

Conocía algunas historias de ellas, las mujeres que fundaron hace poco más de dos años este colectivo sorprendente, disruptivo e inesperado (y único en el mundo). Había leído hace tiempo el caso de Mariana D., la hija de Etchecolatz, y el de un par de mujeres más en la misma situación, que permitió a otros hijxs de represores comenzar a tender redes para actuar en conjunto (ahora se sumaron nietos, primos, sobrinos). También ocupaba un lugar en la biblioteca de mi departamento el libro “Hijos de los 70”, al que durante un buen tiempo miré de soslayo y con cierto prejuicio, pero aun así sabiendo que era pertinente asomarse a ese mundo inentendible desde afuera: la vida soportada por los hijos de torturadores y genocidas, muchos de ellos ya condenados.

Comisión Memoría Verdad y Justicia Zona Norte

Hace poco más de un mes leí en las redes la declaración de Pablo Verna expresada en los tribunales de San Martín. Pablo es hijo del médico militar de Campo de Mayo Julio Verna. Declaró como testigo en el juicio por los crímenes cometidos por la dictadura en la Contraofensiva de Montoneros, en 1979 y 1980.

Ahora él estaba acá, presente, un hombre calmo, con poder de escucha. Así como Analia Kalinec, cuyo padre, Eduardo Kalinec, también mencionado como “Doctor K”, fue oficial de la Policía Federal condenado por participar de crímenes de lesa humanidad en los centros clandestino El Olimpo, Atlético y el Banco.

También está presente Paula una de las más jóvenes del grupo; parece una actriz de stand up pero no lo es. Su historia familiar, como la de la mayoría, es tenebrosa. Hace muchos años que ya no habla con su papá. Y hasta expresa con gracia lo que tiene para contar. Ayuda a descontracturar el momento.

Nos sentamos alrededor de dos mesas muy largas. Adriana es psicóloga e integra la Comisión desde hace años. Propone presentarnos de a uno. Me parece una buena idea, para empezar. No somos un grupo de “autoayuda”, más bien –se me ocurre– de ayuda mutua. Con agenda abierta y sin un temario específico, es bueno conocer en una reunión de veinte personas los datos básicos de quienes tenemos necesidad de escuchar(nos). Y de abrazarnos, aunque eso vendrá después.

Cada uno se fue soltando como pudo. Les hicimos muchas preguntas, con ansiedad inocultable y con la necesidad de conocer cómo fueron armándose como colectivo. Escuchar también a Bibiana Reibaldi y Estela sobre qué les pasó en las primeras salidas, las del Ni Una Menos, la del 3 de junio, la del 24 de marzo, y así. Sorprendía escuchar a esas mujeres contar la reacción en la calle, cuando muchos observaban el cartel que portaban. Algunos volvían sobre sus pasos, para confirmar que no estaban viendo fantasmas. Sí, hijos de genocidas repudiando las conductas criminales de sus padres. Hijos que debieron superar años de silencio, de vergüenza, de ocultar historias terribles escuchadas en el living de sus casas como si tal cosa, hasta que consiguieron tomar conciencia de que debían reaccionar, aun asumiendo los costos. “La verdad siempre alivia”, dicen.

Comisión Memoría Verdad y Justicia Zona Norte
Comisión Memoría Verdad y Justicia Zona Norte

Cacho es un querido compañero de la Comisión, de larga trayectoria militante en la Zona Norte; también fue combatiente de Malvinas. Cacho es duro, un militante estructurado, de la vieja época. Pidió la palabra y les expresó a los invitados que estaba contento de conocerlos, que tuvo que hacer un proceso para aceptarlos. Pero que ahora lo agradecía profundamente. Cacho lo dijo con lágrimas en los ojos. Más tarde, Paula le pidió que observara la foto de su padre desde su celular, un hombre que actuó en Coordinación Federal (donde Cacho estuvo detenido) para ver si lo reconocía.

Jorge preside la Comisión. Les dijo que ellas/ellos nos reconciliaban con la condición humana. A Jorge le temblaba la voz cuando lo expresó. El clima fue soltándose, entre risas, anécdotas, intercambio de teléfonos, empanadas y vino, como debe ser en una auténtica reunión de compañeros. Adriana pidió hacer una foto colectiva. “Para subirla a todos lados, para que se visibilice este encuentro”. “Que no será el último”, agregan desde el fondo.

Pocas veces participé de una reunión de militancia donde flotara semejante nivel de emoción y sensibilidad, empatía por el Otro; de ganas de abrazarse y de saberse comprendidos mutuamente. La tragedia tuvo distintos protagonistas, con diferentes miradas. Y con dolores que se sobrellevan como pesadas cruces. Pero la lucha continúa. Y aquí sí que es una sola. Por la Verdad, por la Memoria y por la Justicia que aún nos deben.

Historias Desobedientes no avala la impunidad. Y lo expresa de todas las formas posibles. No soportarán más el intolerable lugar del silencio. Ellos no olvidan. No perdonan. No se reconcilian.

Buena parte de la sociedad ya empezó a celebrarlo.

¿Vas a escribir algo ahora, cuando llegues a tu casa?, me preguntaron dos queridas compañeras. La pulsión por narrar las emociones a flor de piel, y de inmediato, no espera. Para que en la urgencia de la conmoción desatada por un encuentro inolvidable, no se pierdan las sensaciones a transmitir. Fue una noche singular, tan “desobediente” como amorosa en el resultado. Uno hubiera querido atrapar en un puño toda esa energía positiva, contagiosa y estimulante por lo que vendrá. No en todas las reuniones se sale tan fortalecido, dichoso de haber recibido una enseñanza de vida. Y sin saber siquiera cómo agradecer tanta calidez expresada en abrazos.

* MILITANTE DE LA COMISIÓN BARRIOS POR LA MEMORIA ZONA NORTE

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