Hace doce días cubrimos la proyección del documental, Antonio Puigjané el piru (un franciscano a contrapelo), del director, Fabio Zurita. Fue muy emotivo. Estaban el director, el abogado del querido religioso, Eduardo Salerno. Fue en el Centro Político Cultural, La Jauretche, de Carapachay. Ayer martes 27 nos enteramos del fallecimiento de Puigjané. Los organismos de derechos humanos -la Comisión Memoria Verdad y Justicia Zona Norte, entre ellos- lo despidieron con el fragmento de un poema de su discípulo Sebastián Glassman, que comienza así: "Te recordaremos generoso, entregado, entusiasta; coherente y siempre el primero en lo que había que hacer". En esta sentida columna, Héctor Rodríguez, también recuerda el gran compromiso del religioso franciscano.

Por Héctor Rodríguez*

Héctor Rodríguez

Cuando se cuenta la participación activa de la jerarquía de la Iglesia Católica durante la última dictadura –incluida las bendiciones en los Vuelos de la Muerte–, se suele eludir en esa etapa la otra cara de la moneda de aquella institución bimilenaria, la de un sinfín de religiosxs y laicos comprometidos con el sufrimiento del pueblo hasta el final. En ese cuadro aparece Mugica junto a monseñor Angelelli, Pancho Soares, los mártires palotinos, entre muchos otros.

Sin embargo, hay una figura extraordinaria que quedó marginado de esa consideración. Me refiero a fray Antonio Puigjané. Que descubrió su espiritualidad de muy pequeño, a sus diez años, en medio de una infancia muy pobre. Abrazó su vocación dentro del mundo de los capuchinos, en Córdoba, donde nació. A partir de allí, entregó su vida a los pobres y más desposeídos, no importara el lugar al que lo trasladaran. Fuera Mar del Plata, La Rioja (donde estuvo al lado de Enrique Angelelli) o el barrio de Pompeya.

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Abrazó las ideas tercermundistas en la acción concreta, con los que más sufrían, y en especial fue el primer sacerdote que supo dónde debía estar, marchando al lado de las Madres, a las que nunca abandonó cuando el miedo de toda la sociedad se sentía en cada esquina. Primero ofrendó una misa por los desaparecidos, al jueves siguiente se sumó a la ronda de los pañuelos blancos.

Tras soportar la injusticia de permanecer preso durante casi una década en los penales de Caseros y Devoto, consiguió el arresto domiciliario. Permaneció unos años en la parroquia Santa María de los Ángeles, en Saavedra, y en este tiempo transitaba su último tramo en una silla de ruedas, asistido en el convento de Nuestra Señora del Rosario, en el barrio de Pompeya.

A sus 91 años, tras dejar marcas como huellas amorosas, en el espíritu de miles de argentinxs que no se olvidarán de él y de su generosidad, Juan Antonio Puigjané falleció hoy (martes 27-8) antes del mediodía. El Piru, como lo llamaban, pasó a formar parte de la cofradía celestial. Desde allí sabemos que nos seguirá ayudando a todos en la búsqueda de memoria, de verdad y de justicia.

* MILITANTE DE LA COMISIÓN BARRIOS POR LA MEMORIA ZONA NORTE

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