A partir de la recordada película del italiano Benigni (1997), sobre la supervivencia de un padre y un hijo en un campo de concentración nazi durante la Segunda Guerra Mundial, el docente Alberto Cesar Croce propone que en estas épocas de pandemia, algo básico y que no debe perderse de vista, más allá de cualquier otra hipótesis de trabajo, clases virtuales o planificaciones de otros temas a futuro, es que la escuela mantenga los vínculos con sus alumnos y alumnas, y exhorta a no perder de vista, tampoco, el carácter transformador de la educación.

Por Alberto César Croce

Alberto Cesar Croce

Muchos de nosotros seguramente hemos visto la película de Rodolfo Benigni. Ambientada en tiempos del holocausto, el corazón de la obra nos remite a los esfuerzos de un padre (Guido) por hacer que su pequeño hijo (Josué) no sufriera en medio de las atrocidades del campo de concentración en el que habían sido confinados. Y aun en medio del horror, Guido hace que su hijo sonriera como si allí no estuviera sucediendo lo que realmente ocurría…

Atravesando esta terrible pandemia, que es una catástrofe universal, con más de 9.500.000 de personas contagiadas y más de 400.000 personas fallecidas a finales de junio de 2020, los sistemas educativos del mundo han hecho un enorme esfuerzo por que las clases continuaran virtualmente, los estudiantes aprendieran y todo pasara, si fuera posible, como si nada estuviera ocurriendo. Obviamente esto es imposible.

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Una escena de La Vida es Bella (Roberto Benigni. 1997)

La realidad hace que la mayoría de las familias esté viviendo crisis y tensiones muy fuertes, haya un gran miedo a la muerte cercana, que los planes de toda la humanidad se hayan truncado, y que todos estemos intentando sobrevivir a esta situación que se prolonga, con el menor daño posible. Honestamente entiendo que no tiene sentido negar la realidad y, en cambio, debemos valorar muchísimo las pequeñas cosas que hemos podido lograr como educadores en medio de tanto desastre que muchos intentan tapar, negar o disimular.

Que podamos garantizar la continuidad de cierto vínculo con nuestros estudiantes merece ya todo nuestro respeto y reconocimiento y es en sí mismo un gran triunfo en este contexto. A mi entender, todo lo demás se vuelve secundario -y muy secundario. Y, por supuesto, no tiene ningún sentido poner en riesgo esos lábiles vínculos con nuestros niños y jóvenes por pretensiones pedagógicas desajustadas. Lo central es que no perdamos a ningún estudiante respecto de los lazos que nos unen con él y que, de ser posible, recuperemos los vínculos con aquellos con quienes los hayamos perdido.

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(Foto ilustrativa UNESCO)

No hay duda de que esto golpea fuertemente cualquier expectativa educativa previa a la pandemia. La escuela como la queremos y la necesitamos, tiene poco que ver con este espejismo de la virtualidad que se está llevando adelante en este momento. Para mí es fundamental que, en estos tiempos tan duros y complicados, profundicemos los vínculos que fortalezcan la identidad de cada estudiante como parte de esa escuela que los continúa abrazando en medio del durísimo aislamiento o distanciamiento obligatorio.

La mayoría de nuestros/as estudiantes no son como aquel niño Josué. Necesitan enfrentarse con la realidad, asumirla y, llegado el momento, prepararse para transformarla. Sólo así la escuela -la verdadera escuela- habrá tenido sentido para ellos/as.

*MAESTRO, EDUCADOR POPULAR, DIRECTIVO DE LA FUNDACIÓN VOZ/CADE (CAMPAÑA ARGENTINA POR EL DERECHO A LA EDUCACIÓN)