Gustavo Suárez (33) es docente de secundaria en Tigre. Dicta geografía en la escuela pública. En diciembre 2019, cuando todavía pandemia podía ser una palabra para buscar una película en Netflix o en alguna otra plataforma, estaba de viaje por Italia, en Milán, y cámara en mano recorría paisajes para ver y retratar. Así llegó al Cimitero Maggiore de Milán, en el barrio de Musocco, donde Evita estuvo enterrada, escondida, bajo el nombre de Maria Maggi de Magistris. El relato es grato y propone una mirada política sobre Evita, además. Pasen y lean.

Por Gustavo Suárez*

Milano, ciudad de la moda y epicentro incansable del boom inmobiliario. El Duomo, el Museo del 900, la Galleria Vittorio Emanuele II, el Castello Sforzesco junto con sus gatos y tantos otros sitios que concentran hoy la masa turística mundial que arriba a Lombardía. Menos el Museo DaVinci; ese lugar debería ser un bar porque es una mierda que promueve la muerte. Pero sin duda, Milano es la principal ciudad que modela la cultura en el norte de la península itálica.

Su gente, un mix de interculturalidades, parece fría y distante. Pero en la confianza se manifiesta ese bendito “grito italiano” distinguible en cualquier aeropuerto. Hasta en el norte más formal y esquivo, hablan como si uno estuviera a varios metros de distancia y prácticamente sordo. Que los exus se apiaden de tu alma si una señora reclama un lugar para sentarse en el tranvía. Ese contraste, tan particular, es lo que siempre me llevó a Milano.

Ahora, lo que me convoca a escribir no es sobre la Italia y yo. Es mi identidad política interpelada constantemente en los territorios que visito. Algunos buscan en otros países nutrirse de cultura, emborracharse en algún lugar de Navigli o simplemente ser una victima más de la globalización coleccionando anécdotas pedorras para deformarlas en asados. En cambio a mi me pasa algo distinto, siempre busco una respuesta política donde piso.

Foto Gustavo Suárez

Sea un museo de pueblos originarios en Calafate, o en Montevideo visitando centros clandestinos de detención, o ni hablar de Polonia y Auschwitz. Pero esta vez Milano no podía ser la excepción. No se por qué tenia el presentimiento de que no volvería por un tiempo, entonces decidí buscarla. Ya había intentado visitar el Cementerio Monumentale de Milano, infructuosamente, donde solo me lleve 3 fotos que jamas quise editar en mi vida de obras faraónicas.

Me sentía allí como un pelotudo en el cementerio de la Recoleta con el miedo de trabajar una foto de algún "Aramburu italiano" reivindicando su tumba. Era verano y el calor era insoportable entre tanto mármol y escaleras. Ese lugar sin ella no tenía ningún sentido para mi. Me fui al cabo de los 30 minutos. Al llegar al departamento, de mi hermano del alma, busqué mejor y me decidí a ir en cuanto volviera a Italia. Y así fue en el invierno de 2019.

Diciembre de 2019 fue un mes muy especial para mi. Sin duda quería cerrarlo visitando aquel lugar que me había quedado pendiente meses atrás. Venía de muchas emociones y pensamientos muy fuertes, con muchas preguntas que me había hecho sobre mi futuro y, para variar, necesitaba una respuesta política. Así que salí a la parada del 14 y viajé una hora y media al otro cementerio de Milano, el Maggiore.

Foto Gustavo Suárez

El cementerio Maggiore de Milano es un cementerio muy especial. En cierta forma me atrevo a decir que es similar al de la Chacarita acá. Allí descansan los restos de la clase trabajadora y los caídos en la Segunda Guerra Mundial. Es tan grande ese cementerio, que tiene un autobús interno que lo recorre de punta a punta. Los mapas están por doquier ya que es muy fácil perderse entre los campos y la neblina espesa.

Saqué varias fotos. Muchas más que en el Monumentale y muy motivado por cierto. Se ve que mi energía era contagiosa. Tan contagiosa, con la cámara, que atrajo ese maldito “grito italiano”. Desde una parada, el chófer del autobús que pasaba me pregunta si estoy buscando un campo en especial. Le digo que solamente saco fotos y entre sonrisas compartidas me hace señas de “todo bien”. Sigo caminando y estoy cagado de frío.

Foto Gustavo Suárez

Literalmente, estoy cubierto con guantes, saco, bufanda y un gorro de lana que había encontrado tirado en un invierno anterior. Sigo caminado y la niebla entre los edificios me conmueve, me trae muchos recuerdos de una infancia marcada por la muerte de mis abuelas. Descanso en un asiento y reviso la memoria de mi cámara. Luego de caminar, por una hora, llego al campo 86, me detengo y reviso una por una los fosas.

Iba de un lado a otro. Buscaba el maldito número, pero no aparecía ¿Dónde mierda está? Me decía una y otra vez. Ya el frío, el cansancio, la noche que llegaba tempranamente, me ponían ansioso. Para variar: la paciencia nunca fue mi virtud. Miro para todos lados buscando dónde continua el campo, que era enorme, y me voy hacia la derecha donde aún no había buscado. De nuevo, una por una iba buscando el nombre, pero nada, no la encontraba.

Me atrevo a caminar por un sector completamente desolado del campo. Era un cuadrado de césped con tan solo un par de arboles y un banco. Me iba volviendo, ya que cerraba el cementerio, cuando llego a una esquina donde veo una lapida solitaria. Miro sorprendido y leo por arriba: “Evita”. No lo podía creer. La única placa de mármol, en ese rectángulo desértico, completamente escondida, era lo que había buscado durante casi 2 horas.

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Deposité las flores que había comprado y me quede sentado 15 minutos pensando. El cuerpo de Evita fue el prólogo de una maquinaria que se sistematizó en la última dictadura cívico-militar argentina. Los operativos de los militares y un sector civil, en este caso de la iglesia católica, ensayaron con Evita la espeluznante maniobra de desaparición clandestina, y así lo han relatado fielmente, tanto el oficial Cabanillas como el cura Madurini, en una entrevista a fines de los 90.

Los 14 años de sepultura bajo el nombre de María Maggi de Magistris, fueron acompañados por una anciana llamada Giuseppa que le entregaba flores cada tanto, hasta que Cabanillas comienza con el operativo de entregar el cuerpo a Perón en Madrid. Madurini cuenta que cuando los operarios del cementerio exhumaron el cuerpo quedaron impávidos antes el estado de preservación y gritaban “¡Miracolo!”, luego les explicaron que estaba embalsamada.

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Tanto el militar como el cura se cambiaron los nombres para no ser investigados por la justicia italiana ni interrogados por la prensa ¿Que increíble, no? Siempre fue el común denominador la clandestinidad en todas las dictaduras, en especial la argentina. Ni siquiera hubo un expediente en el Vaticano ya que el Papa Pío XII pactó el silencio y su sucesor, Juan XXIII, negó toda información a Juana Ibarguren, la madre de Eva, que buscaba incansablemente a su hija.

La complicidad del Vaticano fue ratificada por Cabanillas, Rojas Silveyra y Madurini, responsables de llevar por tierra el cuerpo de Evita a Madrid bordeando toda la costa mediterránea. Fue tan clandestina la estrategia de devolver el cuerpo al viudo que la funeraria Fussetti de Milano desconocía que se trataba de Eva Perón, y al enterarse de casualidad en la frontera, se negó a continuar el traslado dentro de España teniendo que cambiar a un flete de chocolates. Sin dudas, los militares utilizaban cualquier medio para ocultar la verdad.

Lo que sucedería después es historia sabida. Lopez Rega flashea espiritismo con Isabelita, Perón espantado por el trato del cuerpo. Luego el regreso a la Argentina, su tercer y breve mandato, la muerte del general y la recrudecimiento de la triple A en el advenimiento del genocidio. Curiosamente, fue en este contexto que el cuerpo de Evita es enterrado a ocho metros, con dos planchas de acero y cubierta de mármol una noche de octubre de 1976 sin permitir o difundir al pueblo su sepultura.

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Pareciera que temían que Evita se levantara desde su tumba y reclamara al pueblo lo que es de él: su alma inmortal. Siempre pensé que si ella saliese de su tumba en un acto miracoloso, comenzaría a escupir cada tumba de las que se topara, de la oligarquía con olor a bosta, que la rodeaban, porque Perón está en Chacarita, el Maggiore de Buenos Aires, y a ella la castigaron con Recoleta, el Monumentale de la aristocracia.

Luego de reflexionar, y trabajar las fotografías hoy, encuentro que la respuesta que nos puede dar Evita es la audacia que ella tuvo al encontrar en un lugar de poder la institucionalización de los cambios que se respiraban en esa época. Eso, que en filosofía francesa se llama instituyente, ella supo tomarlo, darle forma y luego incorporarlo como políticas publicas para garantizar los derechos de los históricamente marginados.

Foto Gustavo Suárez

No solo la critica a la beneficencia, sino también la inclusión social y política de quienes buscaban hacerse escuchar y participar en democracia. Un sistema político que del poco tenemos experiencia. Hacer memoria de Evita nos involucra a pensar, no solo en las practicas de las dictaduras, sino también a entender el rol del Estado ante una emergencia sanitaria como la que estamos atravesando.

Evita no es un mito, es la convicción que nos brota cuando entendemos que los cambios que necesitan nuestras instituciones solo pueden ser gestionados por nosotros mismos como colectivo. Ella enseñó en su accionar que ser un descamisado es una categoría emancipadora y promotora de transformaciones sociales, sin importar el rol que ocupemos, sea de concejal, directora de escuela o de maestro. Sea el que sea el lugar que ocupemos, y como diría una gran fotógrafa peronista, somos lo que incorporamos con la mirada del otro, a 68 años de su partida material, Evita es nuestra brújula hasta el día de hoy en cada respuesta que busquemos, en cualquier lugar, seas o no peronista.

*Profesor de Geografía en la enseñanza pública. Militante peronista