Es una verdad de Perogrullo que gran parte de la historiografía le ha dedicado poco y nada a dilucidar por qué se esconde tanto de los manuales de historia el bombardeo del 16 de junio de 1955 a la Plaza de Mayo y otros objetivos, para derrocar al presidente de entonces, Juan Domingo Perón. En esta nota el columnista, Juan José Prado, abogado de derechos humanos, muy joven por aquellos años, lo cuenta de primera mano. Pues él lo vivió.

Por Juan José Prado

El 16 de junio del ´55 trabajaba en el galpón 3 de Retiro. En el Mercado de Concentración de Ajo y Cebolla. Mi paso por aquel mercado permitió mis estudios de abogacía.  Aquella mañana sentimos los aviones surcando el espacio. Las bombas en Plaza de Mayo nos asustaron y nos alertaron.

El gordo Piri, compañero de trabajo aterrado como todos nosotros, nos subió a su Ford y emprendimos las de Villadiego, sin pensarlo un segundo. Tomamos el camino del bajo hasta subir por Pueyrredón, lo recuerdo como si fuera hoy.

Luego de cruzar la avenida Las Heras, dejando atrás el monumento a Rawson, detrás de nosotros sentimos un estruendo tremendo. Lo había provocado una bomba partida desde el gloster que atacaba la sede de Gelli y Obes.

Impactó en la esquina de un edificio de pisos, en la planta baja. Luego supimos que una mucama que se había quedado allí perdió la vida. Que cagaso señor mío.  El gordo me dejó en Once; y desde allí a pié, porque no había transporte, fui a mi casa, en Entre Ríos y Humberto Primo. 

Presencié desde mi casa el ataque al Dto. Central de Policía. Y a la sede de un sindicato al lado de EUDEBA en la plaza Congreso. De los conventillos de EE.UU y Entre Ríos muchos salían con palos hacia la Plaza de Mayo. Iban a defender a Perón. Vi los tranvías llenos. Nadie me lo cuenta, y nadie me lo contó. Yo lo viví.

*Abogado. Ex presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. Miembro de la Mesa Directiva de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Gran Maestro de la UBA