La velocidad de la vida actual, la comunicación por vía de la tecnología, y qué decir de la pandemia de coronavirus que nos aisló en casa, todo esto elude el contacto cara a cara para comunicarnos. Hacen falta palabras. Sobre esto escribe el columnista Juan José Prado, a partir de la evocación que le despierta el encuentro casual con su primer libro de lectura.     

Por Juan José Prado*

La educación es el centro de la preocupación en los tiempos que corren.  Se suman comentarios, opiniones, estudios, programas para su mejora. Se imputa ignorancia a los jóvenes; y futuro sombrío para los que comienzan los primeros escalones educativos. Un panorama que no ofrece espacios esperanzadores.

Esto es lo que se expresa en medios de comunicación, en discursos políticos y en ámbitos docentes ¿Es esto patrimonio exclusivo de nuestro país, la Argentina? Hace unos días pude constatar que carecemos de ese privilegio.  El mundo global, la universalidad humana, está en verdadero retroceso educativo.

Un canal francés sorpresivamente me puso en autos, como decimos los abogados, sobre el conocimiento del deterioro educativo de las nuevas generaciones. Estudiosos franceses, belgas, españoles y alemanes advierten de la desaparición de la comunicación por medio de la palabra, de la comunicación oral.

La influencia de la tecnología, la utilización entre otros, del celular y sus canales de comunicación, imponen en el colectivo juvenil y no juvenil la supresión del diálogo, y de la comunicación personal. Del uso de la palabra en definitiva. Se Impone la supresión de palabras al lenguaje, para “facilitar” la comunicación, se dice.

El estudio de la gramática resulta pesaroso y tedioso para los alumnos.  La lectura resulta un obstáculo. Y ello es lo “natural”.  La palabra impresa, como instrumento de comunicación, como consecuencia de lo anterior, se desplaza y las impresiones se pueblan de imágenes y signos incomprensibles. 

Un verdadero circulo vicioso. No dialogamos; menospreciamos la palabra hablada y escrita. Buscamos signos que simplifiquen. No se recurre a la lectura, porque no se comprenden muchos vocablos escritos, ergo, no adquirimos  desarrollo intelectual por la palabra ni por la escritura ¿Volveremos a los tiempos  de la gestualidad?

Comunicarse o gestualizar

En Bélgica, docentes especializados promueven espectáculos teatrales que señalan la torpeza; parodian la comunicación actual; evidencian como hemos retrocedido.  Por falta de palabra creamos  signos vacíos de contenido concreto. El lenguaje resulta tedioso, aburrido. Los libros son pesados, incomprensibles.

Pareciera que es mejor gestualizar. Simplificar con un emoticón. No utilizar la palabra esa que intelectualmente nos situaba frente a los objetos con una sensibilidad especial y particular. No utilizar ese lenguaje escrito que nos permitía percibir, como si la tuviéramos enfrente, la fragancia de una rosa.

Recuerdo que en las clases de la universidad –hace de esto más de veinte años atrás- muchas veces destacaba la necesidad de profundizar en gramática; también la necesidad de escribir describir el goce de un verano, la emoción de un encuentro, y así llegar a escribir para terminar de aclarar una idea.

La palabra además es la que permite desarrollar las ideas, utopías, esperanzas y deseos. Sin palabras, un abismo intelectual. Ignorancia. La palabra también le facilita al ser humano expresar ideas y sentimientos. Cuantas más palabras sumemos al diálogo, la comunicación será más plena y generará cordura, tolerancia y amor al prójimo. 

Cuando desaparece la palabra surge la gestualidad, la violencia física ¿Defendemos la palabra? ¿La revalorizamos?  O abrimos la boca tan solo para mostrar los dientes; gritar mientras levantamos los brazos y golpeamos, para hacernos entender. Pensaba todo esto porque tengo entre mis manos, Paso a Paso, mi primer libro de gramática.

*AbogadoEx presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires. Miembro de la Mesa Directiva de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Gran Maestro de la UBA