Ayer martes 7 Racing Club homenajeó a hinchas de la academia detenidos desaparecidos durante la última dictadura cívico militar. Una de las familiares que recibió el carnet de “socio eterno” fue Graciela Villalba, por su papá Mauricio, secuestrado el 25 de mayo de 1976, en Virreyes. Graciela es una reconocida militante por los derechos humanos. En esta columna Héctor Rodríguez relata la vez que Graciela dio testimonio de lo ocurrido con su papa en el “Juicio de los Obreros”; y anuncia el acto en Racing. Lo hace con esa claridad y ese sentimiento, en rigor, en su cuenta de Facebook. Y nosotros lo reproducimos acá con admiración por esa pluma tan certera; y reconocimiento a su gran compromiso con los derechos humanos.

Por Héctor Rodríguez*

Una fría mañana de agosto de 2014, Graciela Villalba avanzó por el estrecho pasillo de la sala del Tribunal Oral Federal de San Martín. Antes de ubicarse de frente a los tres magistrados que la aguardaban, recogió de su hija, ubicada en la primera fila de la audiencia, la pancarta con la imagen de su papá y se sentó ante un pequeño escritorio de madera. Sobre su blusa, debajo del abrigo de lana que la cubría, lucía un pin con la foto de su padre.

El juez cumplió con la formalidad de explicarle que había sido citada a prestar declaración en la causa que la ocupaba como querellante desde hacía siete años: la desaparición de su padre (y de otros treinta y un obreros navales y ceramistas de la Zona Norte). Se lo llamó el “Juicio de los Obreros”, y se juzgó a nueve represores por los delitos de lesa humanidad cometidos contra más de 60 trabajadores –varios en calidad de delegados– y familiares de los astilleros Astarsa y Mestrina, y de las fábricas ceramistas Cattáneo y Lozadur.

— ¿Jura, promete decir la verdad? —le preguntó el juez. —Sí, lo juro —respondió Graciela con voz firme. El abogado por la querella, Pablo Llonto, le pidió que contara todo lo referido al secuestro y homicidio de su padre y los hechos que pudo investigar.

—Yo soy hija de Mauricio Villalba, trabajador naval de los Astilleros Astarsa. Él trabajó en varios astilleros pero el último fue Astarsa, donde estuvo muchísimos años —dijo acercando su cara al micrófono—. El 24 de marzo de 1976, cuando se desata el golpe, sabemos que ese día fueron detenidos compañeros de él. Algunos desde adentro de la fábrica, otros desde afuera. En ese momento decíamos “detenidos” porque no sabíamos que también existía la desaparición, que se los llevaban para no volver. Hasta que el 25 de mayo de ese año 76, a las dos y media de la madrugada, en la casa de mi papá, en la calle Estrada, en Virreyes, tiran la puerta abajo.

Graciela narró los detalles del secuestro de su papá. “Mis hermanos tenían en ese momento 12 años, la mayor, que era Alejandra; mi hermano Mauricio, 11; Claudia, otra hermana, de 10, Eva, de tres años y Alejandro, el más pequeño, era un bebé de un año y medio. Los chicos vieron todo. Mi papá pidió permiso para cubrirse. Le dijeron que podía llevarse un abrigo; él además agarró los documentos.”

Contó todo. Las averiguaciones en la Comisaría de Tigre (donde vieron en la puerta, dentro de un auto, pertenencias de su papá que se habían llevado la noche anterior). Sus gestiones ante el vicario castrense, otras frente a Luis Patti. Su desesperación, la peregrinación a las cárceles, los cuarteles y el Episcopado, siempre sin respuestas.

En medio de un silencio absoluto, Graciela habló sin que la interrumpieran. Contó las veces que debió ir al Destacamento Otero, en San Fernando, por citaciones a partir de enero de 1977. Para tomarle la denuncia formal, primero, luego para preguntarle detalles sobre su padre. Hasta la última citación, en abril: “Nos habló un oficial: “no lo busque más. Mire”. Da vuelta la carpeta y leo la causa: “Mauricio Villalba víctima de homicidio, Sección Islas, Causa 22032.” Abro la causa y lo primero que veo es la cara de mi papá, pelado, muy hinchado. Doy vuelta la hoja y veo la foto de él, de cuerpo entero. Ya no quise reconocerlo pero vi que era él, con el saco que se había llevado de su casa, atado de pies y manos, boyado, con un tacho encima con material.”

Graciela Villaba y su papá Mauricio

“¡Eran obreros navales! —lo dijo con énfasis, mirando de frente a los tres jueces—.  Obreros que se levantaban a las cinco de la mañana. Que entraban a las seis. ¡Eran todos muy compañeros! Me acuerdo que a ellos les daban la leche y mi papá, teniendo cinco hijos chicos, cada cumpleaños de él eran litros y litros de leche que abrían para hacer chocolatada. Cuando alguien decidía hacer su casita, todos ayudaban. Si había un asado, íbamos para allá, a cooperar. Si le pasaba algo a alguien, ahí estaban todos.”

—Cuando nos enteramos que lo habían matado —la voz de Graciela trastabilló, aunque no bajó la mirada—, los vecinos de mi papá, que eran muy humildes, vinieron a casa con un cuadernito donde anotaron lo que cada uno pudo aportar, junto con el dinero, y nos dijeron “esto juntamos para ayudarlos a ustedes”. Esa plata era para él. Más de un vecino, por poner unos pesos, esa noche no tuvo para cenar —la jueza Marta Milloc secó sus lágrimas sin poder disimularlas—. Se me ocurrió entonces comprar un ataúd con el dinero de ellos, que era la gente que compartió con él toda su vida.

A Graciela le entregaron un cuerpo que no era el de su padre. “Pasaron todos estos años y yo llevándole flores para el Día del Padre, llevándole flores para su cumpleaños, cada vez que necesitaba hablar con él me iba hasta ese lugar.” En 2010  se lo confirmó la gente del Equipo de Antropología Forense. Hasta el día de hoy Graciela Villalba no pudo encontrar los restos de su papá.

Al final de su declaración, el juez a cargo le preguntó si tenía algo más para contar. —Sí —dijo tomando aire, como si hubiera estado esperando esa pregunta toda la mañana, o toda una vida—. Primero, quiero agradecer el hecho de estar sentada acá y poder contarles a ustedes la historia de un obrero naval como él. Tal vez no fue un escritor, no fue un médico, pero fue un trabajador como todos sus compañeros. Siento que me senté acá a contar la historia de mi vida y de la vida de mi papá.

Cuando yo empecé con esta historia tenía 22 años —se quebró, mientras sollozaba en silencio—. Tenía una vida por delante, recién me había casado, proyectaba tener hijos, proyectaba trabajar, tenía sueños. Hoy me doy cuenta que mi vida pasó, que tengo 60 años y que he vivido solamente para llegar a este momento. Porque lo tuve que hacer yo, y porque la Justicia no investigó.

Recuerdo cuando estaba enterrando a quien yo suponía que era mi padre, le hice una promesa. Le dije que yo algún día iba a estar sentada delante de sus asesinos. Pasaron 38 años y todavía no lo logré. Mis 22 años ya no los puedo volver a vivir. Mi vida, la vida que proyecté, no la voy a tener nunca más, pero por lo menos quiero saber la verdad de lo que pasó. Lo único que pido es eso. Y que se condene a quien realmente lo mató. Nada más.

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Mauricio Villalba, además de incansable trabajador, era fanático de Racing. Cada domingo, la radio y la mesa familiar eran sagradas. Una religión que Mauricio abrazó desde pibe. Su orgullo por la blanquiceleste y por las copas internacionales logradas en los años 60, le hinchaban el pecho. Esta tarde, el Racing Club –como ya lo han hecho otros clubes– restituirá la condición de “socios eternos” a 45 hinchas detenidos-desaparecidos.

El acto se celebrará** en el estadio de Avellaneda, donde se entregarán los carnets del club a familiares de las víctimas del terrorismo de Estado. Graciela Villalba, quien irá acompañada de Lucas, su sobrino amado, estará allí, sobre el verde césped, abrazando ese carnet, como abraza a su papá en la única foto que conserva con él, a sus dieciocho años, en la misma casa donde se lo llevaron, cuando nadie sospechaba la tragedia agazapada, donde todo (aún) tenía olor a futuro luminoso, a victoria colectiva. “Es el homenaje que más le hubiera gustado a mi papá”. Graciela, quien integra la Comisión Memoria Verdad y Justicia Zona Norte, sabe que esta tarde la pasión y la Memoria jugarán su partido más emotivo.

*Autor de "Crónicas de la Memoria" (Edit. Librería Hernández, 2020), con relatos sobre la última dictadura. Militante de Barrios por la Memoria, entidad de derechos humanos.
** Se celebró ayer martes 7 de diciembre