En la región conocimos a Judit Gutiérrez en su faz de dramaturga; cuando se estrenó de su autoría, Ella Amasa, en el escenario del Espacio Azucena. Sin embargo ella bien entra en el talle amplio de la mujer actual, diverso, no uniforme, realista. Es dramaturga sí; pero además, directora, madre, actriz, profesora de teatro, cooperativista. Judit ayer martes cumplió años; y publicó al respecto, en las redes sociales, un posteo que reproducimos hoy acá.

Por Judit Gutiérrez*   

Hoy es mi cumpleaños, así que está bien pensar en cuestiones que trascienden el momento. Hoy tengo permitido razonar acerca del sentido de la vida,  mientras me lavo los dientes; y en la muerte antes de atarme los cordones de las zapatillas.  El resto de los días no lo tengo permitido, pero lo hago igual.

Hoy puedo visualizar,  mientras lavo los platos, el camino recorrido entre uno y otro punto de esa recta conformada por infinitos; de los que solo me tocaron en suerte unos pocos; que a veces me parece un círculo y otras un espiral concéntrico. Es más, al escribir estas palabras sueltas, puedo pensar en la felicidad y verla ante mí “clara como el agua”.

Tengo que confesarles que el agua no me parece clara. Qué será lo que me pasa, que siempre estoy en desacuerdo con las frases hechas. El agua me parece bastante compleja de entender y vulnerable. Algunas veces percibo la imagen del agua cuando mi hija sonríe. Por la noche, cuando se va a dormir, antes de apagar la luz de su lámpara (ese reaseguro con el que contamos en la niñez para exorcizar a la muerte, la luz de las lámparas de nuestras mesas de luz, que de todo nos guardan), justo  antes de apagar la luz sonríe y me dice mami. ¿Cuánto tiempo más va a decirme así? Hubo una primera vez, habrá una última.

“Hoy me permito pensar en todo eso que pienso a diario sin permiso (…)”

Otras veces el agua es un sonido, es música, como la risa de mi hijo. Soy su payasa porque me gusta escuchar cómo se ríe. Imagino que tiene en la garganta ese mecanismo cilíndrico que portan las cajitas musicales. Cuando yo era una nenita me gustaba tanto descubrir ese pedacito metálico con puntitos negros que giraba y creaba el “Para Elisa”, que mi curiosidad costó la destrucción de más de un artefacto. “Parece que le dieron cuerda”, decían en casa cuando hablaban de alguien que se reía sin parar.

Los brazos de mi compañero son un río, me gusta abandonarme en sus aguas algunas veces, cerrar los ojos y dejarme llevar. Eso es la felicidad.

Hoy me permito pensar en todo eso que pienso a diario sin permiso, mientras finjo pedir tres deseos antes de soplar las velitas, con la mente en blanco. Ella y ellos vivos y yo, cuando me olvido del miedo que me da perderlos, somos la felicidad, la de ir de un punto al otro del espiral, somos el amor a la vida y también somos el temor a la muerte.

Hoy puedo decirlo, porque hoy es mi cumpleaños. Pero mañana también lo diré, aunque ya no lo tenga permitido.

*Dramaturga, directora teatral, actriz, docente, cooperativista