Opinión, Por Débora Blanca, Situación Social, Sociedad

Ojalá que llueva café pero no al paso

Dejemos de consumir todo lo que nos ponen frente a nuestras narices

Dejemos de consumir todo lo que nos ponen frente a nuestras narices (foto ilustrativa Freepik)

Por Débora Blanca*

Ojalá que llueva café, pero no al paso. Hace algunos años, cuando mirábamos a los personajes, de series o películas, tomar café en unos vasos grandes mientras iban de la casa al trabajo, caminando, en el auto, en el subte, nos llamaba la atención. Acá nos sentábamos en bares, pasábamos largos ratos tomando café en pocillo.

Lo hacíamos leyendo un libro, el diario, mirando por la ventana. Claro, no había celulares, y mirábamos por la ventana, que era una manera de mirarnos a nosotros mismos. En el barcito nos sentábamos, solos o con amigos. Y siempre con un mozo que nos reconocía, así como nosotros a él. En el bar permanecíamos.

“Perdíamos” el tiempo, y de tanto perderlo nos duraba más. El tiempo pasaba más lento, tenía un ritmo que alejaba bastante a febrero de noviembre. El tiempo, nuestro tiempo, o sea nuestra vida, tenía matices, colores, aromas, silencios, ausencias. Y esos silencios nos hacían más sabrosas las palabras, más necesarias. Y esas ausencias nos hacían más conmovedoras las presencias.

“No paramos porque nos hicieron creer que somos
más productivos que antes (…)”

Ya no tomamos café durante largos ratos en los cafés. No; ahora con orgullo caminamos con el vaso de plástico de casa al trabajo, o adonde sea, haciéndonos creer que somos la chica o el chico de la serie. No paramos porque nos hicieron creer que somos más productivos que antes, más rendidores, más multitasking. Disculpen la humilde desilusión, pero no.

No trabajamos más que hace algunas décadas, sólo nos transformaron en consumidores. No tomamos café, consumimos café. No escuchamos música, consumimos música. No miramos películas, las consumimos. No movemos nuestro cuerpo para entrenar, consumimos entrenamientos (y dietas, y suplementos, y rutinas hechas por vaya a saber quién).

No amamos, consumimos personas. No aprendemos usando nuestra humilde y pausada inteligencia, consumimos de la artificial. No viajamos, consumimos ciudades. No dialogamos, consumimos certezas y las escupimos. No nos mojamos con la lluvia, consumimos reportes meteorológicos. No decimos «no sé», «no me acuerdo», consumimos Google.

“Ellos se llenan mientras a nosotros nos vacían de lo más
esencial de la vida (…)”

Es que haber pasado de ciudadanos a consumidores llenó y sigue llenando de plata a un puñado de sujetos globalizados. Ellos se llenan mientras a nosotros nos vacían de lo más esencial de la vida, lo que le da sentido: sentir y pensar. Y para sentir y pensar es fundamental perder tiempo, darle lugar a lo inútil, a lo improductivo, a los objetos.

A las ausencias, a las dudas, al «porque sí». Volvamos, aunque sea un rato por mes a permanecer en esos lugares hermosos que nos invitan a descansar y sacudirnos del personaje de la serie. Volvamos, aunque sea un rato por mes al bar (sin celular), a la plaza (sin celular), a caminar a la orilla del río (sin celular, claro). 

Volvamos a ponerle aroma al tiempo dejemos de consumir todo lo que nos ponen frente a nuestras narices, y recuperemos la preciosura de ser humanos. Y ojalá que llueva café, y tengamos el coraje de volver a tomarlo despacito, muy despacito.

*Directora de Lazos en juego. Ig deborablancalj. YouTube Débora Blanca

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