Opinión, Por Débora Blanca, Situación Social, Sociedad

¿Quién dijo que nada es imposible?

¿Cómo vamos a creer que "nada es imposible" sin el costo de sentirnos frustrados y culpables cada vez que la realidad no nos da lo que anhelamos? (Foto ilustrativa Shutterstock)

¿Cómo vamos a creer que "nada es imposible" sin el costo de sentirnos frustrados y culpables cada vez que la realidad no nos da lo que anhelamos? (Foto ilustrativa Shutterstock)

El error, el matiz, el dejar pasar tienen mala prensa ante la acción y la reacción en un mundo hiperactivo, tajante y sin espacio para dudar, como el actual.  De hecho, los más ignorantes suelen ser quienes más rápido hacen, opinan y más rápido reaccionan. El sistema capitalista crece con la productividad, no importa de qué ni para qué. Bueno, para qué, se sabe que gracias a los consumidores de cualquier cosa las arcas de los capitalistas se enriquecen. En su columna la psicóloga, Débora Blanca, pone en tela de juicio esa visión terminante y agresiva, y se pregunta si el publicitado culto a la “libertad” individual de hacer y punto, no es, en rigor, una careta de la esclavitud.  

Por Débora Blanca*

En un mundo habitado por personas deprimidas, hiperansiosas, insomnes, encerradas entre pantallas. Con adicciones bien obedientes al mercado: apuestas, compras, videojuegos, redes sociales, trabajo y más. Resulta imperativo pensar si ese mismo mundo nos está abrazando o nos está enfermando.

Si nos está invitando a crecer en libertad (recordando siempre que es un ideal) o si la invitación implica, más bien, a decrecer con el peso de diversas esclavitudes. Es que desde finales del siglo XX nos pusieron el evangelio del «Nada es imposible» en una mano, y unos añitos más tarde el celular y las redes sociales en la otra.

Y así venimos, pandemia de por medio. Erráticos, aburridos, cansados de rendir, de ser flexibles, creativos creadores de contenido. Vivimos agotados de trabajar y trabajar para ser libres y felices. Nuestra necesidad de creer en algo y, sobre todo, de pertenecer, nos hizo borrosa la mirada y confundimos un slogan publicitario con un modo de vida posible.

¿Cómo vamos a creer que «nada es imposible» sin el costo de sentirnos frustrados y culpables cada vez que la realidad no nos da lo que anhelamos? ¿Cómo vamos a darnos el tiempo necesario para acercarnos al conflicto, al duelo, a los interrogantes y a nuestras propias inseguridades, sin temer ser castigados por el Dios Mercado, y arrojados al Infierno?

El infierno del siglo XXI

Y, hablando de infierno, dicen las malas lenguas que el Infierno del siglo XXI es más o menos así: Llegás trotando con el último modelo de las Nike, en una muñeca el relojito ese que marca todo, el celu en la otra mano, el pedido recién hecho a Pedido Ya, y códigos QR para tirar por el techo. Te recibe una hermosa mujer, de 85 años.

La mujer de cabellos plateados camina pausadamente, y mientras se acomoda los audífonos te pide: el celu, el relojito, las zapas. Después te acerca unas chancletas, un espejo, una ventana, un libro de pintura, una rayuela, un cuaderno con lapiceras de colores.

La señora también te acerca un perro o un gato, según prefieras. Te cuenta que vas a tener todo el tiempo del mundo para pensar, charlar con los otros, para recordar, imaginar, contradecirte, aburrirte ¡Ahhh! Y te dice que ahí no hay códigos QR para nada.

Y te aclara: «Acá nos levantamos tempranito, compartimos la tele (no hay muchas). Nos miramos mientras charlamos. Está prohibido hablar sin pensar. Cuando estamos tristes, lloramos. Decimos «no sé» con bastante frecuencia. Y antes de dormir escribimos cinco veces la frase «Hay cosas que son imposibles». Sí, ya sé ¿No está tan mal ese infierno no?

Lic. DÉBORA BLANCA. Directora de Lazos en juego. Ig deborablancalj. YouTube Débora Blanca

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