De norte a norte, Derechos Humanos, Opinión, Por Juan José Prado (h)

Hace 48 años

El abogado Juan J. Prado (h) comenzaba la adolescencia cuando el golpe del 76. Cuenta en primera persona sobre aquellos años. No hay vídeo negacionista que pueda desmentir esto, aunque lo quiera vender, o regalar, el poder de turno. En un par de años, como ya ha pasado con otros, se irán sin pena ni gloria. Nadie los echará de menos, de mediocres que son. Sin embargo los hechos si se recuerdan. Cómo recuerda Prado (h) en esta columna.

Por Juan José Prado (h)*

Hace 48 años, siendo un niño que cursaba su primer año de secundaria, y aun no cumplía los 13, despertaba temprano para ir a clases. Esa mañana la casa tomó dinámica mucho más temprano. La “Spica”, radio a pilas roja y dorada en funda de cuero marrón, transmitía una y otra vez comunicados de la recién asumida Junta Militar.

Era el autoproclamado Proceso de Reorganización Militar. Fue el fin de una etapa, de la que no tuve conciencia política, por mas que en mi hogar los temas que hacían a la realidad política se trataban de manera cotidiana y en todo momento. Solo tenía unos pocos años, y mi ser pulsaba por juntar plata para comprar un long play de Sui Generis o el doble de Vox Dei, la fenomenal Biblia.

Aquella mañana, los rostros de mis padres reflejaban angustia, siempre voy a recordar la escena. Sentado -aun en pijamas- a los pies de la cama de ellos, que escuchan la radio. Observaba a mi papá ir del dormitorio al living en una marcha sin sentido quizás, buscando algún indicio de que lo que la radio decía no estaba pasando.

El sí era plenamente consciente de lo que sucedía. Supo del preludio de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). De la intolerancia de cierta dirigencia de entonces y del solapado apoyo de cierto sector del espectro político para que, una vez más, los “cambios al orden” lleguen en botas lustradas y uniformes planchados.

  Pero un niño de doce años no lo podía advertir. Su mundo también sufrió cambios. ERSA (Estudio de la Realidad Social Argentina) pasó a llamarse Formación Cívica. La estructura del colegio religioso al que asistía sufrió variantes, se cancelaron permisos. El niño no llegaba a tomar conciencia, ni aún cuando se vio amenazado por varios móviles del ejercito, una noche que esperaba en el auto a sus padres que terminaran una “aburrida cena”. Y una voz en alto gritó: “¡No disparen son niños!” o “pendejos” no lo recuerdo. Para ellos solo era un auto con dos sospechosos dentro. Para mí, una anécdota.

Y tuvieron que pasar muchas de esas desgraciadas y terribles situaciones para que el niño creciera. Sucedió cuando el peligro no solo se reflejaba en la cara de mis padres. Cuando desfilaron vecinos, padres de amigos del barrio, que se acercaban a casa en busca del abogado por que se habían “llevado” a uno de ellos. Era laburantes comunes, tipos que se sentaban en a vereda con el mate mientras los mas chicos jugábamos en la calle.  Albañiles, fiambreros, tipos de todos los días. 

Si, tanto horror fue necesario, para que ese niño pudiera tener juicio crítico sobre lo que iba sucediendo, cuando el miedo ya no era producto de un cuento.  Con esa auto referencia me pregunto qué podemos esperar de las nuevas generaciones de jóvenes que no fueron protagonistas. Y que para muchos de ellos, pese a la información que pudieran haber recibido en sus escuelas, hay un relato instalado fuertemente, por los llamados medios hegemónicos, que minimizan lo ocurrido en esos años. Y que ponen en duda, la historia documentada, sin ningún tipo de pudor.  

Hoy me espanta la idea de que las victimas sobrevivientes, madres, abuelas y algunos detenidos devueltos, ya no estén, simplemente por una cuestión generacional. Que aquellos niños como yo, ya vamos revistiendo categoría de “viejos”, pero persiste el relato que minimiza lo acontecido, que pretende vigorizar el horror como un mal “legítimo” y “necesario”.

Ese relato sigue presente, y cala más hondo que lo informado en las escuelas.  Millones de turistas, viajeros en tránsito por Europa visitan Auschwitz, un templo de lo que no debe suceder nunca jamás. No obstante, aquí desde el gobierno, que asumió con un amplio respaldo, se pretende tirar abajo, nuestro templo del horror, y de esa manera borrar la memoria de la ESMA. 

¿Podrán las nuevas generaciones ser defensoras de la memoriaa? Necesariamente debemos conservar la memoria. Mi generación no fue contemporánea a la segunda guerra mundial Per el plan nazi con su “raza superior”, los campos de exterminios europeos son leídos en libros de historia. En nuestro país, el relato de este gobierno no desvirtuaba lo aprendido por aquel niño de 12 o 13 años.  Por eso resulta tan importante mantener la memoria. Hacerlo con reflexiones en primera persona, guardando los espacios físicos que permiten visualizar ese pasado, hacer presente el rechazo, para así poder decir: ¡Nunca más!

*abogado de amplia trayectoria en San Martín de los Andes, provincia de Neuquén.

  1. Antonio J Pentz

    Excelente análisis…

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