Por Débora Blanca*

Hago actividad física desde mis 15 años. Durante los primeros era sólo porque lo disfrutaba, luego se agregó el motivo «por salud». Voy a un gimnasio de mi barrio, de esos que son una cadena. Está a dos cuadras de mi casa y por supuesto no llevo el celular ¿Para qué llevarlo si es un ratito que voy a entrenar, o sea, a conectarme con mi cuerpo?
Bueno, en realidad todo el mundo entra con su celular porque, literalmente, si no acercan el QR al molinete no pueden pasar. En mi caso, y lamentándolo por la empleada de la recepción (siempre mirando la pantalla de su computadora) cada vez que llego tiene que abrirme ella. No tiene que pararse, sino me hubieran nombrado «persona no grata».
Cada vez la escena es la misma: «Hola», digo. Ella levanta la vista de la compu. Ya me reconoce y sabe, porque una vez me lo preguntó, que no llevo el celular a entrenar, y entonces me tiene que dar acceso. «DNI», me pregunta. Le digo el número. «Pasá por el molinete 1», me dice. No, no me sonríe.
En los gimnasios en los que iba hace varios años se escuchaba una música, la misma para todos (por ejemplo, rock nacional). Era música que nos motivaba, y hasta nos atrevíamos a cantar los estribillos en voz alta. Ahora no suena la misma música para todos, cada uno escucha la que quiere en sus auriculares. A la carta.
“Entrenar, movernos, sentir el trabajo de nuestros músculos,
reconocer nuestro cuerpo (…)”
Igual creo que, además de música, muchos escuchan audios de WhatsApp, o hablan con el contador por teléfono. Lo digo porque empiezan a mover las manos interrumpiendo el entrenamiento. En los gimnasios en los que iba hace varios años había profesores para hacer la rutina, para consultas, etc.
Ahora las rutinas son con un código QR. Hay un profesor que se confunde entre toda la gente, y se sorprende sí alguien se acerca a preguntarle algo. Hay pantallas con profes explicando entrenamientos. Y la grandísima mayoría de las personas que entrenan lo hacen celular en mano ¿Qué miran? ¿La rutina? ¿WhatsApp? ¿Instagram? ¿El resumen de la tarjeta? ¿Y el contacto con el cuerpo? Bien, gracias, esa te la debo.
Sin embargo, existe otro salón, donde se dan las clases grupales con un profe. Ahí todo es diferente: los celulares quedan guardaos. Las personas se pasan colchonetas y elementos mientras se miran y sonríen. El profe exige, pero también hace chistes para que los alumnos se rían y, de paso, se olviden del dolor del abdominal, del cuádriceps o del tríceps.
En ese salón las escenas son del siglo XX. Entrenar, movernos, sentir el trabajo de nuestros músculos, reconocer nuestro cuerpo, nuestro cuerpito, ese que quedó prácticamente invisible e inaudible en nuestra cotidianeidad Black Mirror. Nuestro cuerpo, el templo del alma según los hindúes.
Nuestro cuerpo, el que nos permite tanto y sólo nos pide que, aunque sea de a ratos, lo reconozcamos en su tridimensionalidad. Tridimensionalidad que, por suerte, no entra en la pantalla. Al menos por ahora.












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