Por Juan José Prado*

Entre las muchas publicaciones de la editorial EUDEBA se destaca una que trata sobre los movimientos migratorios en el Río de la Plata desde antes del mayo del 1810, escrito por Gastón Gori (1915-2004). Entre sus observaciones destaca el sentido clasista de la Constitución redactada en parte por el Gran Ausente, Juan Bautista Alberdi.
Me refiero al art. 25 que dice: “…El gobierno Federal fomentará la inmigración europea, y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes…”
Una predica disonante: Francisco Hermógenes Ramos Mejía
Uno de los tantos díscolos de la Iglesia, un jesuita de nombre Manuel Lacunza proclamaba la segunda llegada de Jesucristo. Chileno de nacimiento, sus publicaciones llegaron a manos de Francisco Hermógenes Ramos Mejía, un importante hacendado bonaerense, a través de una obra sobre el religioso escrita por Manuel Belgrano, en 1816.
Francisco era hermano de Ildefonso Ramos Mejía y yerno del gobernador de La Paz, Sebastián de Segurola Çelayarán y Oliden, hacia finales del siglo XVIII. Oliden fue además represor del movimiento de originarios que lideraba Túpac Amaru II. Allí, sin duda, Francisco tomó conocimiento de las atrocidades cometidas contra los originarios mediante la aplicación de la mita en la explotación minera.
La historia cuenta que Francisco Ramos Mejía decide venir a Buenos Aires, con un arcón repleto de oro y 200 esclavos, y compra una estancia, Los Tapiales. En parte de aquellos terrenos actualmente se asienta el Mercado Central. Desde ahí agrandó su fortuna, que sobre todo provenía de su mujer al aportar la dote de matrimonio.
Pero lo que queremos señalar en este recuerdo es que por decisión personal estableció “un tipo de vínculo amable y consensuado con los pobladores originarios a los que integró en la producción agraria” Junto a su hermano participó y colaboró en la revolución de mayo. Pero con el tiempo dejó la política y se mudó a Maipú.
Algo inusual: la compra de tierras a los indios
Allí les compró tierras a los indios, erigió su estancia Miraflores, de 250.000Ha. Inspirado en la predica de Lacunza pretendió en el predio de su propiedad una suerte de sociedad eclesial. Aplicaba entre los originarios la Ley Ramos que prohibía la poligamia, el uso de armas, propiciaba la observancia religiosa de los sábados.
En las quintas de Francisco Ramos Mejía trabajaban el originario y el criollo conjuntamente. Así lo destaca la publicación de Gori. La fuerza de la producción. El trabajo de la tierra. El consensuar, para lograr la paz, con el originario. Propone que, con diálogo, trabajo, producción -el poder alimentarse con lo producido por las propias manos- se hace grande una sociedad.
De hecho, los malones no afectaban las tierras de Ramos Mejía. Pero terratenientes como Rosas, entre otros, vieron perjudicado su derecho a tener mano de obra barata a su disposición. De hecho, Rosas propiciaba la violencia contra en originario. Además, fuerzas interesadas en los saladeros, entre otros, no aceptaron la concepción política de Ramos Mejía. Y fue atacado por la Iglesia también.
No solo el nombre de una estación
El cura Valentín Gómez, designado por Rivadavia, comienza el hostigamiento a Ramos Mejía y a su proyecto de Miraflores. Se lo llegó a acusar de realizar matrimonios y bautismos, algo que no se probó. Por otra parte, se acentúan los malones, aplicando la política de la violencia contra el originario asentado en su propia tierra.
Entonces, se propone, por iniciativa del gobernador Martin Rodríguez, un pacto que se celebró en la propia Miraflores. Más de quince malones que conformaban Miraflores representados de Ramos Mejía firmaron la paz y la no agresión. Pero la presencia del bandolero chileno Carreras –el incendio de Dolores- profundizó la corriente en contra del proyecto Miraflores. Siguieron los ataques a Francisco Ramos Mejía.
Y la Justicia, la del poder del interés económico, hizo apresar a los pacíficos indios que convivían en Miraflores y al mismo Francisco Ramos Mejía. Engrillado fue entonces confinado y recluido en Los Tapiales. francisco fallece a los 54 años un 5 de mayo de 1828 durante una epidemia que también lleva a parte de su familia.
Su recuerdo sigue vigente en la memoria del trabajador argentino, del hombre que hace grande a nuestro campo, el que sigue trabajando de sol a sol. Ramos Mejía, entonces, no es solo el nombre de una estación de tren. Es el sueño de bienaventuranza de un argentino de la pampa profunda.












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