Por Débora Blanca*

¿Se imaginan personas mirando redes sociales mientras recorren las islas de Tigre en un barquito? Bueno, me pasó, se los juro. El 1 de Mayo decidí ir para allá (vivo en la CABA); porque me encanta el Tigre. No voy muy seguido, pero cuando lo hago disfruto muchísimo. El comienzo del recorrido fue el Puerto de Frutos. Y luego lo impostergable: navegar el río.
Yo no sé navegar. Lo más cercano que hago a lo “náutico” son 15 minutos de remo en el gimnasio. Con navegar el río me refiero a esas lanchas colectivas que salen del puerto y hacen un recorrido de aproximadamente una hora. La embarcación navega distintos ríos. Invita a deleitarse con el movimiento y sonido del agua, y los saludos y sonrisas de los pasajeros que cruzan en otras lanchas.
Invita a sorprenderse con esas islas, los jardines de las casas ¡Y qué casas, por dios! Son mágicas, pintadas de azul, bordó, celeste, verde. Con hamacas paraguayas, bancos de troncos, y unos muelles tan preciosos. Éstos son algo así como los balcones de las casas, allí las personas se sientan a tomar mate, leen, pescan, charlan.
“Salimos; decidí no distraerme sacando fotos y estar presente (…)”
Mientras, los perros de las familias se acuestan con las patas cruzaditas a mirar el horizonte cincelado en las olas naranjas del atardecer. Embarcaciones semi hundidas, árboles y más árboles, raíces enormes que sobresalen del río en las orillas; pájaros y aromas de vegetación de colores que ya teníamos olvidados.
Salimos; decidí no distraerme sacando fotos y estar presente, con esa presencia que tanto viene costando en estos tiempos. Todos íbamos señalando imágenes que nos guiñaban un ojo. Y mientras, tomábamos mate. Algunas personas usaban sus celulares para sacar fotos, y luego volvían al mate.
Casas con nombres que nos cuentan cosas sobre sus dueños: «Mi sueño», «Ilusión», «El descanso», «Lugar mágico», «Atorrante». Nuestro barquito salió casi puntual. Éramos aproximadamente 40 pasajeros. Nos íbamos acomodando de un lado y del otro mirando el río y su oleaje marrón.
“A los diez minutos de estar navegando, dos chicas jóvenes sentadas
frente a mi sacaron sus celulares.”
A los diez minutos de estar navegando, dos chicas jóvenes sentadas frente a mi sacaron sus celulares. Pero no para inmortalizar alguna imagen. No. Empezaron a mirar, seguramente redes sociales, mientras bostezaban. Sus espaldas se iban encorvando poco a poco. Dejaron de mirar el río y de sorprenderse con ese paisaje encantador.
Decidieron retornar a lo conocido: las pantallas, las imágenes familiares, esas que son más o menos las de siempre, ya que el algoritmo las tiene caladas. Como a todos. Se encorvaban cada vez más sobre el celular, bostezaban y mostraban pleno desinterés por las caricias que el Tigre nos estaba propinando.
Y de repente se durmieron. Con el celular-mamadera en la mano. Y ya no vieron nada más casi casi hasta los últimos minutos del paseo. ¿Triste no? Pero a no desalentarse. Y ésto es matemática pura: fueron sólo dos de cuarenta personas. Contra todos los pronósticos, hay futuro.
* Lic. en psicología. Directora de Lazos en juego. Ig deborablancalj. YouTube Débora Blanca










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