Por Débora Blanca*

Quien pueda descansar que tire la primera piedra ¿Cuál es la causa del cansancio que manifiestan tantas y tantas personas (estoy tentada de decir «todas»)? ¿Habrá más de una causa? Siempre que se habla respecto de la soledad de los chicos a la hora de jugar, el primer argumento que surge es el cansancio de los padres porque trabajan mucho.
Y yo no sé si esto es así. O sea, si en estos tiempos se trabaja más que hace 20 o 30 años. No lo sé pero intuyo que no. Es decir, que no se trata tanto de las horas de trabajo, sino más bien de los estragos de los cambios de paradigmas y de la hiperconectividad en nuestras vidas.
¿Descansamos si volvemos de trabajar y empezamos a mirar redes sociales durante largos ratos? ¿Descansamos si estamos en una fila y sacamos el celular? ¿Con las pantallas nos distraemos o nos disociamos? Vivimos sin soportar aburrirnos, menos aún que nuestros hijos se aburran. Vivimos sin soportar angustiarnos, menos aún que los chicos se angustien.
“¿Caminar mirando el cielo, las personas, los balcones,
es perder el tiempo?”
Hicimos un juramento de obediencia a los creadores de tecnologías y algoritmos. Y le gritamos ¡No! a “perder el tiempo”, sin siquiera preguntarnos: ¿Qué es perder tiempo? ¿Caminar mirando el cielo, las personas, los balcones es perder el tiempo? ¿Ir al parque a sentarnos a leer un libro apoyados sobre el tronco de un árbol es perder tiempo?
¿Sentarnos media hora a jugar con nuestro hijo es perder el tiempo? ¿Llorar, mirar fotos viejas, recordar, fantasear es perder tiempo? ¿Escuchar música, tomar mates mirando el río es perder el tiempo? Creo que no estamos cansados porque trabajamos mucho (que no es negar que lo hacemos). Creo que estamos cansados porque no descansamos de pantallas, algoritmos, inmediatez, multitasking.
Nos cansa estar siempre conectados, que a esta altura de la vida ya sabemos que no es lo mismo que estar comunicados. Nos cansa no cambiar de código, caminar incesantemente sobre la cinta de Moebius de lo digital. Tantas cosas nos cansan. Nos cansa la ausencia de contacto con los objetos, con sus texturas, temperaturas, olores.
Nos cansa no estar en contacto con las personas. No sostener la mirada cuando hablamos. Nos cansa hacer todo con una mano por tener la otra encadenada al celular. Nos cansa no jugar con nuestros hijos, no prestarles atención. Y nos cansa el no conectarnos con lo diferente, habitados como estamos por lo idéntico que nos trae el algoritmo.
“Debemos empezar a descansar, o sea, volver a ser personas”
Además, nos cansa no perder tiempo, nos cansa el individualismo, el ombliguismo, la ausencia de lazos sociales. Descansar es imprescindible para sentirnos contentos con nuestra propia vida (incluyendo lo que nos salió mal y nos permitió aprender). Descansar es dejar el celular algunos ratos sin terror a perdernos algo.
Descansar es dejar de lado la pretensión de estar en dos, tres, cinco lugares al mismo tiempo. Y descansar es volver a habitar nuestro cuerpo, nuestra mente, nuestro corazón. Porque descansar es entender que «tenemos» un celular, pero no «somos» eso. Entender que «usamos» redes sociales, pero no lo «somos».
Descansar es entender que nuestra vida es mucho más rica y compleja que un algoritmo. Debemos empezar a descansar, o sea, volver a ser personas. Sí, mágicas, y por momentos, incomprensibles personas.










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