Tras el último exabrupto del ultraderechista, Javier Milei, actualmente presidente de la Nación en la Argentina, que habla de muerte y cajón mortuorio para una opositora política, el columnista Prado (h) recuerda la poca originalidad de la grosería. Dado que en 1983, un candidato bonaerense quemó, durante un acto político multitudinario, un ataúd con una corona mortuoria y el símbolo de la oposición. Y recuerda que la facción política de aquel violento perdió las elecciones. Porque la sociedad conocía de cerca lo nefasto de la violencia política. Y una de las consignas de quien ganó era claramente antagónica a la muerte. “Somos la vida” cantaban. Era un 28 de octubre de 1983. El país transitaba en otro plano que el del violento. Cualquier parecido con la actualidad no es casual.
Por Juan José Prado*

Resulta paradójico, para quien ya lleva seis décadas de vida, ver como hay imágenes que se repiten. El Presidente, haciendo gala de una de sus peores expresiones, manifestó que tiene el “morbo” de poner el último clavo que cierre el ataúd del kirchnerismo. Con (al ex presidenta de la Nación) Cristina, dentro.
No es original. El tiempo vivido me dio la posibilidad de haber estado en octubre de 1983 en la Avda. 9 de Julio de la capital del país. Observaba, como muchos, el cierre de campaña del Partido Justicialista. En el palco, el entonces candidato a gobernador de la provincia de Buenos Aires, prendió fuego un ataúd que tenía las letras y el símbolo radical (UCR).
Esas llamas, más allá de pretender ser la imagen de un radicalismo que se acababa, fueron el sello de la derrota. Totalmente inesperada. De un peronismo acostumbrado a liderar en las urnas. Un día antes en la misma avenida, también pude ver a Raúl Alfonsín, de la UCR, que lejos de aliarse con la muerte, decía “Somos la vida”.
“(…) el discurso violento de la muerte es una -permítanme la redundancia- vía muerta.
Es cuestión de tiempo.(…)”
Alfonsín nos convocaba a recitar “el rezo laico” pronunciando así el preámbulo de nuestra Constitución Nacional, para despedir de esta manera a los concurrentes al acto. Claramente, los que iríamos a las urnas, días después, entendimos que veníamos de la muerte, la tortura y la desaparición forzada, el saqueo, y queríamos marchar hacia la paz, hacia la vida. Y así se expresó el electorado.
Hoy Milei, con la misma euforia, sin ningún tipo de pudor, a la misma usanza de Herminio Iglesias convoca a la muerte del adversario como método político. No nos sorprende; su gestión esta claramente del lado de los genocidas. Su gestión se ha enrolado en el uso de la fuerza represiva para callar las expresiones de la calle.
Durante 40 años los argentinos tuvimos claro, al momento de votar, que más allá de las disidencias, los exabruptos y las chicanas, al pasado, y al pasado de violencia, no queríamos volver. Que la muerte no era solución para los problemas políticos. Es así, que el discurso violento de la muerte es una -permítanme la redundancia- vía muerta. Es cuestión de tiempo.
Vale preguntarse entonces, si ese enmarañado que rejunta a radicales con peluca, panperonistas y “socialistas” libertarios, tiene a alguien que marque el camino de la vida. Porque seguramente aquellos que señalen ese destino de vida, serán los responsables de redirigir los nuevos paradigmas, políticos y comunicacionales, para los argentinos y argentinas.
* abogado de amplia trayectoria en Junín de los Andes, provincia de Neuquén.










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