Por Inés Cabrera*

Ésta foto es del primer concierto que tuvimos con el Coro Nacional de Niños. Habíamos empezado a ensayar más de un año antes, gratis en ese entonces, tres veces por semana. La formación vocal y musical era de una enorme rigurosidad, exigencia y calidad (nos enseñaron a respirar bien, a colocar sanamente la voz, a cantar a voces).
Yo me había presentado al llamado. Y fui, junto con un montón de otros chicos a la Secretaria de Cultura de la Nación, donde Vilma Gorini, la directora, nos tomó la prueba uno por uno, privadamente. Para ordenarnos, nos habían dado números de un talonario, como en la panadería. Hubo unos cuantos nenes que pasaron antes que yo a la prueba, pero no fueron aceptados.
Cuando llamaron mi número entré a la salita en el subsuelo, dí la prueba. Que me pareció muy seria y exigente (yo había tenido la experiencia de cantar en el Coro del Collegium Musicum a los 6 años), y fui aceptada, de manera que por esas cosas cósmicas que se han repetido en mi vida varias veces, me tocó ser pionera, la 1° integrante formal.
“Hay algo que perdemos, siembra y cosecha
de mucho tiempo (…)”
Luego de conseguir un grupito, Vilma se las ingenió para que cantáramos y sonáramos bien, aún sin conocernos. Pasaron muchos ensayos y actuaciones, alguna gira, hasta que me fui porque era grande para ser niña, pero el Coro seguía en mi radar, y me daba pena ver que no lo hacían cantar todo lo seguido que hubiera sido conveniente y lógico.
Y debo decir que salvo en esa primera época, siempre me pareció que fue descuidado por las autoridades culturales nacionales. Hoy me entero de que desapareció por decreto. Y lloro. Hay algo que perdemos, siembra y cosecha de mucho tiempo, trabajo de una época que yo sentía viva y brillante, que se fue.
Hay cosas infinitamente peores (discapacidad, salud, jubilados) y tremendamente importantes que se dañan (ciencia, arte en general). Ésto de lo cual hoy nos enteramos es personalmente muy penoso. Le sigue el Coro de Ciegos.











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