Derechos Humanos, Día de la Memoria por la Verdad y la Justicia, Opinión, Política, Por Juan José Prado

El silencio impuesto por el terrorismo de Estado

Falcon verde, símbolo de la represión ilegal. Aquí intervenido por los artistas: Javier Bernasconi, Omar Estela, Marcelo Montanari, Marcela Oliva, Luciano Parodi y Margarita Rocha, en el Centro Cultural Haroldo Conti, clausurado por la administración Milei

Falcon verde, símbolo de la represión ilegal. Aquí intervenido por los artistas: Javier Bernasconi, Omar Estela, Marcelo Montanari, Marcela Oliva, Luciano Parodi y Margarita Rocha, en el Centro Cultural Haroldo Conti, clausurado por la administración Milei

Por Juan José Prado*

Resulta oportuno dar cuenta del silencio impuesto por el terrorismo de Estado. En estos días es harto conocido que se cumplen 50 años del inicio del golpe cívico militar del 24 de marzo de 1976.   Testimonios del horror vividos en los años del dictador Videla, cuando se pretende reivindicar ese pasado, deben llevarnos a reflexionar como sociedad.

Hoy, cuando se pretende borrar la memoria, para otra vez intentar imponer un modelo económico excluyente, sobre una sociedad que ignora, es importante seguir reclamando por las víctimas directas del terrorismo de Estado. Se buscaba para la sociedad argentina el silencio de los cementerios: “el silencio es salud” rezaba un slogan de la época.

Por aquellos años, el padre Enzo Giustozzi** (1939-2004), de la Obra Don Orione, co-presidente de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos APDH, nos envió a algunos compañeros en la lucha contra la represión ilegal, el caso de un periodista, amigo de él, secuestrado en 1977, que sobrevivió gracias a un parentesco lejano pero oportuno.

Giustozzi pensaba incorporar el caso en sus memorias, que nunca editó pues falleció antes de poder hacerlo. Pero a 50 años del golpe el testimonio cobra relevancia. Al periodismo le tocó en suerte ser víctima selecta de las persecuciones, porque el oficio los instituía a los periodistas como voz colectiva, y eso para los dictadores era letal.  

Así lo que relataba:

P. Enzo Giustozzi (1939-2004)

“…El 2 de mayo de l977, a las tres de la madrugada fue secuestrado un periodista amigo. Trabajaba con nosotros en el Instituto de Cultura Religiosa Superior, había sido miembro de la Acción Católica, de la Democracia Cristiana. Y, además, estaba acreditado como periodista en la casa de gobierno.  Esa misma mañana empezaba la Asamblea Plenaria del episcopado en San Miguel.

“De inmediato la información llegó a todos los obispos reunidos, así como a la Democracia Cristiana internacional, en Roma.  Todo eso, unido a que el amigo llevaba como segundo apellido el del presidente militar, hizo que lo dejaran en libertad a los dos días.  El mismo me contó que lo sacaron de la cama, a las 3 de la mañana, en paños menores, le vendaron los ojos, y lo llevaron en un viaje de unos 40 minutos a un sitio donde le hicieron bajar escaleras y le dieron el número 164 (es decir que había al menos 160 personas en ese lugar clandestino). 

“Varias horas después, fue llevado a interrogatorio ante dos personas (una preguntaba la otra escribía a máquina), que se trataban de “capitán” (grado militar común a las tres armas). Yo les pregunte –me contó- en calidad de qué estaba yo ahí; me dijeron que yo era un “desaparecido de la sociedad”. Y que de mí dependía reaparecer. Si yo contaba lo que sabía de mi militancia montonera, me aseguraban la vida. Y quizás la integridad física.

“(…) Si no quería hablar, bueno estaban los 220 voltios. Y si realmente los convencía de que no sabía nada, me ponían a disposición del PEN (…)”

“Si no quería hablar, bueno estaban los 220 voltios. Y si realmente los convencía de que no sabía nada, me ponían a disposición del PEN. Ninguna alternativa contemplaba siquiera la hipótesis de la libertad, ni de la inocencia.  Luego de horas de interrogatorio –sin torturas “físicas”- alguien golpeó la puerta. El interrogador salió, intercambió algunas palabras con alguien y soltó una airada palabrota.

“Cuando volvió a entrar, había cambiado completamente el tono ¿Usted es pariente del presidente?, me preguntó con suavidad. Bueno, le dije, según mi mama somos algo así como primos en tercer grado.  Le dije que yo estaba en contra de la pena de muerte, pero que mejor que la desaparición de personas, prefería una pena de muerte, con tribunal, defensa, y alguien que se hiciera cargo y firmara la sentencia. 

“Eso dígaselo a su pariente Videla, me dijo. A continuación, me informó que me iban a dejar en libertad. Como yo empecé a temblar de miedo a que me mataran, el “capitán” me agarró los dos brazos, me sacudió con energía y me dijo: Por una vez, creeme, te vamos a soltar, en serio. Me dejaron en una calle cualquiera. Había pasado solo dos días secuestrado.  Físicamente no me tocaron. Pero yo fui a las puertas del infierno y volví, te lo puedo asegurar –terminó agobiado todavía de la terrible experiencia vivida”.

* Abogado. Ex presidente de la Asociación de Abogados de Buenos Aires AABA. Miembro de la Mesa Directiva de la APDH (Asamblea Permanente por los Derechos Humanos). Gran Maestro de la UBA.

** Biografía en italiano del p. Giustozzi: http://www.unangelo.it/figli%20della%20Divina%20Provvidenza/G/Giustozzi%20Enzo.htm

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