Por Víctor Bruzzoni*
Redactor especial

Los años 70 fueron convulsionados. La radicalización de la política no fue solo en la Argentina. El golpe del ’76 y el rumbo del país dejaron una herida profunda en la sociedad argentina. La intolerancia de quienes rompieron la institucionalidad del país produjo consecuencias que se extienden hasta la actualidad.
El 24 de marzo de 1976 se produjo el último golpe de Estado cívico militar. Sus antecedentes datan de 1930, también con el despojo de un gobierno constitucional. Simbología confusa, violencia política, imposición ideológico-social, ilimitada fantasía en relatos políticos, inestabilidad institucional y declive económico signaron la época.
Mal denominado, por sus propios perpetradores, “Proceso de Reorganización Nacional”. Los militares tomaron el gobierno por la fuerza para imponer un modelo económico que beneficiaba a unos pocos civiles. Ejercieron el mando por medio de un triunviro y adoptaron medidas políticas, económicas y culturales que dejaron graves consecuencias.
Abolieron la Constitución Nacional y disolvieron el Congreso. Prohibieron los partidos políticos. E intervinieron la Corte Suprema de Justicia de la Nación para colocar a “jueces” que refrendaron las decisiones del “Proceso”. Y lo peor: al quedar anulados los derechos de los ciudadanos, se instauró el terrorismo de Estado más sangriento.
“Represión, persecución con listas negras, secuestros, torturas, desaparición de personas en centros clandestinos; apropiación de bebés, botín de guerra y asesinatos (…)
Represión, persecución con listas negras, secuestros, torturas, desaparición de personas en centros clandestinos; apropiación de bebés, botín de guerra y asesinatos apuntaron a desterrar la oposición (más de 30.000 personas, entre trabajadores, estudiantes, artistas, militantes políticos, y sus familiares, amigos y allegados que no están).
La inicua guerra de Malvinas en 1982, que expresó un nacionalismo exacerbado, reflejó la manipulación de sentimientos patrióticos por parte de aquel “gobierno” autoritario. Tan vil, que buscó legitimarse mediante una ilusionada gesta, donde perdieron la vida más de 900 soldados en su casi totalidad provincianos jóvenes, sin experiencia de guerra.
Conscriptos de 18-19 años ligados a tácticas obsoletas perversas, de mandamases castrenses de turno, que revivieron a un viejo enemigo como forma ilegítima de permanecer en el poder. Este hecho es uno de los que marcó la caída del régimen. Un “gobierno” aberrante. Luego llegarían las elecciones democráticas y un nuevo comienzo para el país.
Un día escribí en un pequeño libro a mis nietos: “(…) fútbol, política y contexto social se unían. Torturadores y torturados festejaron un triunfo (deportivo) que cubrió la compleja verdad argentina. Eran años de rebelión de estudiantes…El ascenso público de las Madres de Plaza de Mayo caminando solitarias por entonces una plaza desierta. Hoy casi ni me doy cuenta cómo se olvidan estos hechos con el paso de los años…”. Comprender el presente, interpretar con memoria reflexiva el pasado, es construir una Argentina mejor.










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